Terra incógnita_París no se acaba nunca

ENRIQUE VILA-MATAS

Que París no se acaba nunca es algo que desconozco. No he vivido en tan prometedora y literaria ciudad. Sólo cual turista (como casi todos) he paseado a lo largo y ancho de sus calles, observando a su gente y transitando caminos más que transitados. Pero de eso hace ya demasiado tiempo.

Lo que está claro es que hoy, como siempre, París sigue manteniendo su dorada tela de araña atrapa-literatos, de los que ya son y de los que serán.

Tal vez por eso, Vila-Matas (Barcelona, 1948), en París no se acaba nunca (Anagrama, 2003), nos habla irónicamente (como siempre, pues es marca de la casa) de sus años de aprendizaje en tan bella ciudad, de su estancia durante los setenta en una buhardilla que le alquila Marguerite Duras, quien, viéndole perdido en su afán por ser escritor, le hace entrega en una cuartilla de los elementos que ha de tener en cuenta a la hora de escribir una historia (para los curiosos diré que se trata de los siguientes puntos: 1- problemas de estructura, 2- unidad y armonía, 3- trama e historia, 4- el factor tiempo, 5- efectos textuales, 6- verosimilitud, 7- técnica narrativa, 8- personajes, 9- diálogo, 10- escenarios, 11- estilo, 12- experiencia, 13- registro lingüístico), elementos que se van desgranando y, al mismo tiempo, forman parte del engranaje de esta novela.

También nos hace partícipes aquí de su obstinada y absurda insistencia en su parecido con Hemingway. Un Hemingway que contó en París era una fiesta (de cuyo último capítulo extrae Vila-Matas el nombre de este libro) que en esta ciudad fue “muy pobre y muy feliz”, mientras que el narrador e incipiente, por aquel entonces, escritor catalán, al contrario, asume que fue “muy pobre y muy infeliz”.

No obstante, fue entre esas coordenadas afectivo-espacio-temporales, donde Vila-Matas escribió La asesina ilustrada (1977), su segunda novela breve (la primera fue Mujer en el espejo contemplando el paisaje, 1973). De todo lo que supuso ese proceso creativo nos habla, precisamente, París no se acaba nunca. Una novela cuyas páginas desvelan los días de aprendizaje de un literato atípico, desmembrado (fragmentado), que mezcla ficción y realidad, ensayo y literatura y nos inunda de conexiones y juegos metaliterarios (referencias literarias, pero también cinéfilas), ironía y sabor agridulce a partes iguales.

P.D.:

Vila-Matas me gusta, pero poco. No puedo hablar de pasión. Lo que sí guardo de forma impecable en la memoria son, según mi criterio, dos grandes hallazgos: el síndrome Bartleby, un síndrome que crea y recrea en Bartleby y compañía (2000) y que define a todos aquellos que alguna vez escribieron y luego dejaron de hacerlo y a aquellos que prefirieron no dar a conocer su obra (proviene de Bartleby, el escribiente de Herman Melville, 1853); y el icónico Doctor Pasavento (2005) en su afán por no ser nadie, por desaparecer, por hacer visible la obra y no al obrero…  ¡Qué raro hoy en día!

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Fuente fotografías: página web del escritor

Imagen 1: Vila-Matas
Imagen 2: Marguerite Duras, la atípica casera de París.

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