Domingo de remember_Los otros del cine español

LOS OTROS DEL CINE ESPAÑOL

Seis nuevos realizadores abiertos a lo imprevisto

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Hoy, en Domingo de remember, le toca el turno a Los otros del cine español, un reportaje que publiqué en la revista Calle20, en noviembre de 2008 (recuerden esta fecha cuando estén leyendo el reportaje, si no quieren perderse). ¿Por qué hoy? Porque quiero que sirva de contraplano a la entrega de los Premios Goya que tendrá lugar esta misma noche.  Por supuesto, no están todos los que son, (faltarían, por ejemplo, Albert Serra, Chapero-Jackson y Antoni Pinent, entre muchos otros), pero sí son todos los que están. Aquí lo dejo…

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Nos les quita el sueño ocupar los espacios de más riesgo de la cinematografía o el vídeo: están abiertos a lo imprevisto, mezclan realidad y ficción, ponen en solfa los cánones de la producción, no se amilanan ante los soportes o los formatos, defienden puntos de vista atrevidos y valientes… Son seis realizadores del otro cine español, el que no llega a las grandes salas.

No son borreguitos que siguen la misma estela o al mismo pastor. Pertenecen a una generación que se mueve libidinosamente en torno a la treintena y comparten códigos, pero también utilizan nuevos lenguajes y se muestran reflexivos y dispares en sus formas estéticas y temáticas. Son seis realizadores-directores que, como dice uno de ellos, están abiertos a lo imprevisto. Con vosotros, el otro cine español:

Isaki Lacuesta

María Cañas

Óscar Pérez

Virginia García del Pino

Lluís Escartín

Jorge Tur Moltó

Ya no hablamos de francotiradores, como lo fueron en su día Joaquim Jordá, Iván Zulueta, Víctor Erice o Pere Portabella, ni tampoco del dualismo que enfrenta con cierto ánimo revanchista y trasnochado a Barcelona y Madrid. Los otros realizadores producen al margen: no necesitan de una gran infraestructura, ni de una macroindustria detrás. Lo importante son las ideas y la intención de hablar y contar con un lenguaje nuevo.

La otredad cinematográfica de la nueva generación «juega en diferentes órdenes: el de la narración, el de la referencialidad y el de la experimentación», explica Josetxo Cerdán, coordinador del prestigioso Máster en Documental Creativo de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Los otros realizadores no se dejan constreñir por los géneros, «ya no sirve hablar de ficción y documental».

El otro cine español es básicamente inclasificable e indomable, se muestra comprometido socialmente sin caer en el melodrama, es intelectual aunque no pedante y heterodoxamente lúcido y reflexivo. También hace gala del reciclaje visual y la experimentación: se presenta en forma de corto o mediometraje y utiliza formatos dispares (16 mm, Súper 8, Mini-DV, HD o 35 mm). Hablamos de los raritos de la clase, realizadores con formas disímiles de expresarse y a los que el concepto del cine se les queda pequeño. Casualidad o no, todos ellos viven y trabajan en Barcelona (excepto María Cañas, entre esta ciudad y Sevilla). Quizá sea el efecto llamada de la Pompeu Fabra, la Escola Superior de Cinema i Audiovisual de Catalunya y la UAB.  Las salas comerciales hacen todavía oídos sordos a sus obras. La heterogeneidad en la oferta no entra en sus cábalas, no es rentable. La única opción por ahora es el off: festivales, salas alternativas, museos, galerías de arte y, por supuesto, Internet.  

Pinchen aquí para ver el resto del reportaje (páginas 28-33) con declaraciones de cada uno de los cineastas mencionados.

Ver sólo el artículo en formato revista.

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Criticar por criticar o no

SOSPECHOSOS DEL ‘COPIA Y PEGA’

En este mundo “sin originales” en el que vivimos, los plagios son numerosos y parecen asumir el don de la ubicuidad. ¡Atención, atención, los auténticos hypes son las novelas históricas, las sagas y las historias de vampiros! ¿Quiere vender usted un libro, quizá una película? Nada mejor que se dedique a alguno de estos grandes asuntos, le aseguramos que venderá. No importa que se note que “copia”, “adapta” o se “inspira” más de la cuenta, sólo tiene que seguir los cánones establecidos por el mainstream: “una información liviana estructurada y problematizada como un saber académico” (pensamiento más que adecuado que cojo prestado de Homo Sampler, Eloy Fernández Porta y aplico a mi divagación particular). Por esa misma razón, y porque esto me enfada más de la cuenta, les copio y pego yo misma este interesante artículo sin necesidad de plagiar, pues cito la fuente y no me atribuyo méritos ajenos. Que lo disfruten. No tiene desperdicio.

Artículo extraído de 20minutos.es / Firmado por RAFA VIDIELLA. 10.11.2009

William R. Inge dijo que “la originalidad consiste en copiar sin que te cojan”. Quizá sea por eso que, en la literatura, abundan las acusaciones de plagio. Premios Nobel, superventas y leyendas de las letras han vivido dicho escarnio. El último, el peruano Alfredo Bryce Echenique.

Bryce Echenique ha sido acusado de ‘fusilar’ textos de 15 autores. El autor de Un mundo para Julius es, gracias a sus novelas, cuentos y crónicas, un afamado autor internacional. Pero, según el Indecopi (entidad peruana defensora de la propiedad intelectual), se ha dedicado estos años a copiar textos ajenos.

Artículos de Eulalia Solé, Sergi Pamiés y trece autores más fueron fusilados por el acusado. Bryce se ha defendido de varias formas, a cual menos convincente: acusando a los copiados de envidiosos, desacreditando al Indecopi e, incluso, echándole la culpa a su secretaria.

Por triplicado

El de Bryce, que tendrá que pagar casi veinte mil euros, es sólo un caso más. Lucía Etxebarría fue acusada por la revista Interviú de plagiar a Antonio Colinas en Estación de infierno (2001), y de repetir fragmentos de Nación Prozac de Elizabeth Wurtzel en Amor, curiosidad, Prozac y dudas (1997).

Etxebarría alegó sufrir un acoso mediático “tan traumático como una violación”, pero un juez dio la razón a Interviú. Años después, Jorge Castelló volvió a acusarla de plagiar Dependencia emocional y violencia doméstica en Ya no sufro por amor (2005), papeleta que Etxebarría solucionó con tres mil euros y alegando «errores de imprenta».

Lucía Etxebarría alegó “errores de imprenta”El ex director de la Biblioteca Nacional, Luis Racionero, también se vio enfangado por La Atenas de Pericles que publicó en 1993, que incluía párrafos completos de Gilbert Murray o Richard Livingstone sin citarles.

El periodista Ricardo Martínez de Rituerto le descubrió, y ambos tuvieron una sonada discusión radiofónica en la que el presunto plagiador apenas pudo justificarse, argumentando que utilizó “ideas de otros. Se llama intertextualidad: buscar lo que han dicho otros y contarlo. No vas a inventar. Lo hacemos todos”.

Esperando juicio

Si dirigir la Biblioteca Nacional no exime de sospechas, tampoco el Nobel libra de estos malos tragos. Camilo José Cela fue acusado por una escritora gallega, María del Carmen Formoso, de copiar su obra Carmen, Carmela, Carmiña en La Cruz de San Andrés (1995).

Cela, que ganó con esta novela el Premio Planeta, habría recibido de la editorial el original de Formoso, para que lo retocase y, por ende, se llevase el galardón. José Manuel Lara Bosch, consejero delegado de Planeta, y el propio Cela lo negaron en un proceso que, pasada  una década, aún espera juicio oral.

Valle Inclán “vivía inmmerso en la literatura… ajena”Ya en épocas anteriores otros ilustres literatos españoles también fueron acusados de plagio. De Valle Inclán (1866-1936), por ejemplo, se dijo que se inspiró demasiado en las letras ajenas en su Tirano Banderas o El Ruedo Ibérico, aunque defensores como Zamora Vicente le justifican asegurando que “vivía inmerso en la literatura… ajena, añadamos”.

También Leopoldo Alas Clarín recibió parecidas denuncias, como se acusaban de plagio, en medio de su floreada y poética guerra, los legendarios Quevedo y Góngora.

El repetidor de cosas

Injustificable resulta, en cambio, lo ocurrido con el psicólogo y escritor argentino Jorge Bucay, que en 2004 publicó su novela Shimriti. El éxito inicial se convirtió en escándalo al hacerse público que, de las 270 páginas de la obra, 60 eran calcadas a las de La sabiduría recobrada, de la española Mónica Cavallé.

De las 270 páginas, 60 eran calcadasCavallé no llevó el caso a los tribunales, conformándose con una carta de disculpa que Bucay publicó en Mente sana. En la epístola, el escritor explica que “un error absolutamente involuntario permitió que los textos de la profesora Mónica Cavallé fueran incluidos en Shimriti sin la correspondiente y merecida mención de su fuente”, y se excluye de culpa al considerarse un “repetidor de cosas. Aggiorno y modifico: no soy el gran pensador o sabio que se quiere hacer de mí”.

Poco tiempo después, otro escritor, Ramiro Calle, volvió a acusar a Bucay de haberle copiado sus cuentos, recopilados a lo largo de diversos viajes a la India.

Rencillas y premios Nobel

Parecidas a las de Góngora y Quevedo, las rencillas entre los chilenos Pablo de Rokha y Pablo Neruda terminaron salpicando la originalidad del segundo. En 1955, De Rokha publicó Neruda y yo, donde define al autor de Canto general como  “un sapo plagiario”. Neruda terminó reconociendo que, en uno de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada (más concretamente, en el XVI), parafraseaba a Rabindranath Tagore.

De Rockha definió a Pablo Neruda como “un sapo plagiario”Neruda no es el único Nobel latinoamericano cuestionado: García Márquez ha escuchado varias veces que Aureliano Buendía, uno de los personajes de Cien años de soledad (1967), tenía demasiado en común con un protagonista de La búsqueda del absoluto, de Balzac.

En las letras anglosajonas también abundan las sospechas. Dan Brown, que vio como un tribunal fallaba a su favor ante una demanda por El Código Da Vinci (inspirada, decían, en Sangre Santa, el Santo Grial, de Michael Baigent y Richad Leigh), se enfrenta cada cierto tiempo a ellas.

¿El precio del éxito? Eso pensará Stephen King, también llevado a juicio por Christine Starobin, que aseguraba que Blood Eternal inspiró la Desesperación del autor, que ganó el juicio.

Ian McEwan no llegó a los tribunales, pero diversas voces pusieron en duda la originalidad de Expiación, defendida en el acto por literatos como Kazuo Ishiguro, Thomas Pynchon o John Updike.

La polémica ha afectado hasta a presuntamente intocables como Mark Twain, T. S. Eliot o William ShakespeareNo tuvo tanta suerte el historiador estadounidense Stephen Ambrose que, en su último año de vida, 2002, afrontó hasta doce acusaciones por haber, se supone, copiado a otros tantos autores a lo largo de su carrera.

Alex Haley, autor de la célebre Raíces, tuvo que pagar más de medio millón de dólares por las coincidencias de su obra con la de Harold Courlander. Y varios ensayos del s. XVIII trataron de justificar que El paraíso perdido, de John Milton, era una obra maestra… robada a anteriores poetas.

La polémica ha afectado hasta a los presuntamente intocables Mark Twain, T. S. Eliot o William Shakespeare. ¿Todos ellos cometieron, en algún momento, plagio? “El artista inmaduro imita”, decía el crítico literario Lionel Trilling, “el artista maduro roba”.
Copias que dan el cante

En la música las denuncias por presunto plagio están a la orden del día. Coldplay se enfrentó, nada más sacar Viva la Vida or Death and All His Friends, a la acusación del grupo estadounidense Creaky Boards de haber plagiado su tema The Songs I didn’t Write, y el guitarrista Joe Satriani también acusó a la banda de Chris Martin de copiar su If I Could Fly.

La lista es muy larga: el ex Beatle George Harrison fue acusado de plagio por su éxito My Sweet Lord, presuntamente inspirado en un tema de The Chiffons; Michael Jackson estuvo a punto de tener que pagarle dos millones de dólares a Al Bano por adaptar, en su Will You Be There, el tema I cigni di Balaka, y Madonna tuvo que enfrentarse a parecidas denuncias por la autoría de Frozen, prohibida en Bélgica por su excesivo parecido a Ma vie fout le camp, de Salvatore Acquaviva.