Domingo de remember_El Hortelano

EL HORTELANO

acaba de recibir (27.02.10) la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes…

Ouka Leele, Retrato de José Alfonso Morera, El Hortelano, 1980

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Domingo de remember hoy va destinado a alguien a quien guardo especial cariño, El Hortelano. La pertinencia de su aparición en esta sección, aparece en el titular. No necesito ninguna otra excusa. Dicho lo cual, aquí les dejo la entrevista que le hice en julio de 2008 para la revista EME, perteneciente a Unidad Editorial Revistas y tristemente extinta.

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Lo más sorprendente de José Alfonso Morera (Valencia, 1954), El Hortelano, es su ilimitado torrente de vitalidad. Su vida y su obra se muestran tan intensas como él mismo y afirma, en un alarde de imaginación y picardía, que le gustaría llegar a ser El Hortelano. Conoció a Alberto García-Alix cuando todavía no llevaba tatuajes, a Ouka Leele cuando aún no pintaba sus fotografías en blanco y negro, a Ceseepe y Olvido (Alaska) cuando tenían un puesto en el rastro y vendían cómics underground y a Almodóvar cuando hacía sus cortos e, incluso, publicaba sus propias fotonovelas. A El Hortelano le tocó vivir una época que él mismo define como mágica y que, sin duda, no hablaba el lenguaje actual de los francotiradores individuales, sino el de un movimiento, el de la movida, en el que todos colaboraban con todos y la creatividad se revelaba desbordante. Pero El Hortelano no es sólo parte de la movida y reflejo de la vida urbanita de una época irrepetible. Estamos ante un artista total que ha seguido trabajando duro (beca Fulbright de tres años en Nueva York y otra de la Academia de España en Roma de un año de duración) y cuyas pinturas se desvelan, ahora más que nunca, comprometidas con la magia y la espiritualidad de la naturaleza, sin necesidad de etiquetas ecológicas puramente marketinianas o embalajes pictóricos que definan su obra. Sin duda, El Hortelano ha sabido crear un universo particular. Su caldo de cultivo, su líquido primigenio, fueron sus padres. Poetisa ella (siete libros de poemas publicados) y farmacéutico, aunque pintor en sus tiempos libres, él. Nace en Valencia y sus ojos se llenan de azul mediterráneo; con el tiempo, y el obligatorio servicio militar, se desplaza a Madrid donde nada vuelve a ser lo mismo. Ahora, menos nocturno pero igual de desbordante, nos abre las puertas de su estudio y de su vida.

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¿Cómo, cuándo y por qué empiezas a pintar? He pintado toda mi vida. Era el típico niño que estaba todo el día dibujando y pintando, el artista de la clase. Es más, durante la escuela primaria me suspendieron casi todas las asignaturas, menos bellas artes y biología. Con 12 años ya era el director de la revista del colegio La Salle de Valencia. Dibujaba todas las portadas, hacía las orlas de fin de curso con caricaturas de todos los profesores…  Aún así, empecé a estudiar farmacia en la facultad porque mi padre era farmacéutico, pero lo que yo quería era ser artista. Lo planteé en casa y, a partir de ahí, todo fue sobre ruedas.

¿Qué necesidad hay detrás de tu pintura? ¿Qué quieres expresar con ella? Mi necesidad es muy básica: quiero hacer feliz a la gente y dar mayor gloria a Dios y creador del Universo. Soy muy religioso. Si no fuera religioso no podría pintar. Aunque tengo influencias de todas las religiones. Creo en la divinidad del mundo, en que todo es mágico, en que hay vida después de la muerte… Creo que las cosas no están en este mundo porque sí. Hay algo divino en las razones de nuestra existencia.

Si hablamos de influencias, ¿qué o quiénes han influido en tu obra? Mi mayor influencia ha sido y es Dios y la naturaleza. Aprendo mucho más de la naturaleza que de cualquier pintor. Sin duda, el mejor pintor de todos es la naturaleza, hace arte total.

Siendo valenciano, nos vemos casi en la obligación de preguntarte si hay algo de fallero en tu actividad artística. Mi pintura es muy valenciana (Sorolla tiene mucho que ver conmigo), pero no considero que sea fallera. Aunque también es madrileña, llevo en Madrid desde los 20 años, y terráquea, porque en realidad soy de muchos sitios.

¿Qué recorrido y distancia hay entre José Alfonso Morera y El Hortelano? ¿Por qué ese pseudónimo? ¿Podemos identificar la existencia de dos nombres diferentes con el hecho de tener una doble personalidad (persona y artista)? Me gusta la idea de tener una doble personalidad. Una, es el ciudadano, José Alfonso Morera; otra, la que me gustaría ser, El Hortelano. Me puse el nombre cuando apenas tenía 10 años. Estuve un año en cama con hepatitis y empecé a alucinar, como si fuera Don Quijote. Me dediqué a leer cómics, a pintar… Fue entonces cuando se me ocurrió mi nombre artístico. Influyeron en mi decisión Jabato, El Capitán Trueno, La Masa, Superman, Spiderman… Yo también quería ser un héroe mitológico. Eso sí, antes de quedarme con El Hortelano surgieron nombres como “El ciclista” y “El moscardón”.

Si regresamos al 69, a la época de la Barcelona más underground, la casa de la calle Comercio, tu relación con Mariscal… ¿Cómo ha influido toda esta experiencia vital en tu obra? Todo eso pertenece a mis principios pictóricos. Cuando todavía vivía en Valencia iba frecuentemente a pasear por El Parterre, parque al que también iba Mariscal. Le conocí, me invitó a su casa y me mostró su trabajo, sus primeros cómics… Fue uno de los primeros artistas valencianos que se fue a vivir a Barcelona. Allí alquiló un piso en la calle Comercio junto a Nazario, los hermanos Farriol, Montesol y toda la gente de El Rrollo enmascarado. Recuerdo coger mi saco de dormir e ir a visitarles. Fue un piso tan divertido como luego lo sería el de la calle Imperial de la movida madrileña. Ten en cuenta que era la época de Ocaña, Nazario, la Camila…

Portada / El Rrollo enmascarado (1979)  / Nazario

Portada y contraportada / Star (1979)  / Ouka Leele

La revista Star fue referencia de la contracultura de los 70 y se ha convertido, con el tiempo, en crónica de una época irrepetible. ¿Qué implicaciones personales y profesionales tiene el nacimiento de la misma y tu participación en ella? Yo publicaba en Star, tanto textos como dibujos, y era algo total. Colaboraba gente como García-Alix y Ouka Leele, a quienes todavía no conocía, pero ya iban creando los gérmenes de lo que sería la movida. Fue una revista irrepetible que puso en contacto a mucha gente y creó dinámicas absolutamente bestiales.

Eres un pintor destacado de la generación de Guillermo Pérez Villalta, Ouka Leele y Ceesepe, con quienes también compartiste parte del viaje. ¿Qué destacarías de toda esta época? ¿Fueron las drogas responsables de tanta libertad y profusión creativa? La gente cree que hubo más droga durante la movida que en otras épocas, y eso es falso. Ha habido drogas siempre y han influido en todos los movimientos artísticos. Desde la época de las Cuevas de Altamira con las setas alucinógenas, a los surrealistas con el opio o los expresionistas con el alcohol. El problema con las drogas son sus víctimas. La movida tiene un montón de muertos. Imagino que se debe a que no teníamos tanta información sobre la heroína como se tiene ahora. Nadie tenía miedo a nada y quedaba todo muy divertido. De todos modos, nunca he pintado bajo el efecto de las drogas. He podido tener ideas que he esbozado en un papel, pero no trabajar. Pintar es una actividad agotadora y no se puede hacer drogado. Yo pinto con café.

En 1980 llega tu primera exposición individual, “Moda”. Tenemos entendido que para la inauguración llevaste a cabo toda una performance con la inestimable participación de Ouka Leele como enfermera en una ambulancia y las sirenas a todo volumen camino de la galería donde exponías. Cuéntanos, ¿fue algo conceptual o fue simplemente concebido como herramienta promocional? Hubo mucho rollo conceptual detrás. Cuando llevé a cabo esta performance, todo el ambiente artístico de Barcelona era bastante aburrido. Me parecía muy interesante concebir el arte como alarma social (ambulancias, sirenas…), revulsivo y revolución total. Fue complicado hacerlo, ya que tuvimos que contactar con una ambulancia ilegal que se prestara a formar parte de esta locura y nos llevara camino de la galería armando tanto revuelo. La policía nos vino siguiendo como si fuéramos gángsters, mientras yo simulaba ser un enfermo que llevaba una lubina como corbata. Imagínate. Llegamos a la Galería René Metras y allí grabamos el vídeo “Koloroa”, que recogía todo lo ocurrido. La policía empezó a pedir los DNI a todo el mundo, menos a mí. Intuyo que me vieron cara de loco y no se atrevieron.

¿De qué manera influye tu pertenencia a la movida madrileña para que hayas realizado las portadas de algunos discos de gente como Radio Futura y Aute? Bueno, tras “Koloroa”, Ouka Leele y yo nos volvemos a Madrid. Desde el año 80 al 87 la movida es una locura total. Nos conocíamos todos, colaborábamos los unos con los otros, nos veíamos todas las noches… Cada noche surgía una aventura distinta, además de fiesta había trabajo. Así que me propusieron hacer las portadas de discos como “Al calor del amor en un bar” de Gabinete Caligari, “Tierra” de Radio Futura y “El chico más pálido de la playa de Gros” de Poch (cantante de Derribos Arias). Lo de Aute, también amigo, vino más tarde, justo en el 2000, con el disco tributo “¡Mira que eres canalla Aute!

¿Es tu libro “Europa réquiem” reflejo del horror vacui que sentiste durante tus primeros años como urbanita y militar de una ciudad tan convulsa como Madrid? ¿Cómo pasas del cuartel a la movida? “Europa réquiem” es consecuencia del servicio militar que me tocó hacer, muy urbano, muy duro. Me destinaron al Inmemorial del Rey en Alcalá de Henares. Pero también es resultado de la tristeza que podía ver en las caras de la gente que iba en el metro. El libro refleja lo claustrofóbico que me resultaba todo. El primer domingo que me dieron libre en el cuartel, me marché al Rastro. Sabía que Ceseepe, García-Alix y Alaska tenían un puesto de cómics. No nos conocíamos más que de referencia, pues todos habíamos colaborado en Star. El puesto se convirtió en un centro de contactos y por allí pasaba todo Madrid, desde Carlos Berlanga a Ramoncín o Radio Futura. Fue entonces cuando, junto a Ceseepe, alquilé un piso en la calle Imperial y se convirtió en el primer piso de la movida madrileña. La verdad es que estoy muy orgulloso de haber sido parte de algo tan increíble. Fue un milagro que me tocó vivir. Para mí ha sido un movimiento tan importante como lo fue el de los surrealistas de París o los Dadá de Zurich. La movida es conocida en todo el mundo, mucho más que el movimiento El Paso.

Dibujo perteneciente a la serie Europa requiem, 1977

En tu trayectoria como artista pasas de una época figurativa inicial algo distorsionada a otra naranja y teñida de romanticismo. De ahí al lirismo de los noventa y una aproximación al mundo de la naturaleza y la cosmogonía. ¿Qué hay detrás de cada una de estas etapas pictóricas? Antes mi pintura era más urbanita y de interiores, imagino que debido a la influencia de la movida; ahora se ha convertido en pura naturaleza. Supongo que mi pintura es espejo de lo que vivo y siento en cada época. En estos momentos me gusta que mis cuadros respiren aire fresco.

¿Sigues teniendo fe, tal y como has afirmado en alguna ocasión, “en una pintura que consagre la realidad, una pintura fuerte como la emoción de la semilla de garbanzo y, a la vez, llena de dudas, frágil, como las lágrimas que destilamos en nuestras vidas”? Sí, claro, eso es mística pura. Sigo hablando de lo mismo, de religión y biología. Son misterios que desconocemos y, por eso mismo, creo en Dios. Es el milagro y la emoción de la vida.

Te hemos oído decir que tus cuadros son “cuadros-oraciones que aceleran el brillo de los misterios de cada minuto”. ¿Podríamos afirmar entonces que hay magia en tus pinturas, una magia que nos desvela la profundidad espiritual y poética del devenir diario? Cada cuadro que pinto es una pregunta que me hago sobre el origen de la vida y del Universo. Cada cuadro se convierte así en poesía, en un sentimiento, en una intuición hecha imagen. Como he comentado antes, lo que quiero hacer con mi pintura es hacer a la gente más feliz, que cada cuadro sea una isla de paz y tranquilidad. No me gusta la pintura triste, oscura o siniestra. Me gustan los cuadros resplandecientes, la vida que llevamos ya es suficientemente estresante. De todos modos, mis cuadros sólo dan cuenta de una mitad, la otra mitad la pone el espectador.

¿Qué hay de Cándida Ortiz, tu madre y reconocida poetisa, en El Hortelano? Mi madre es la persona a la que más he querido en mi vida. De hecho, gracias a ella me pude dedicar al arte. Es mi santa madre y una poetisa increíble, además de rapsoda (llenaba teatros con sus recitales). Publicamos un libro a finales de los 90, “Brotes ocultos ven la luz”, con cuadros míos y  poesías suyas. Murió el año pasado, pero me gusta pensar que está aquí conmigo. Ahora mismo estoy preparando un libro póstumo con sus poesías inéditas y prólogo de Luis Alberto de Cuenca.

Si hablamos de la madre naturaleza, tan presente en tus obras, ¿crees que está en peligro de extinción? ¿La hemos maltratado en exceso? Respeto la naturaleza y me considero muy ecologista, me gusta convivir con animales. Pero no soy muy catastrofista, no creo es que vayamos a desaparecer de la faz de la tierra en 50 años. El mundo evolucionará y lo que debemos tener claro es que la raza humana no es imprescindible para el planeta Tierra.

© David García

Así mismo, la vida marina y el agua aparecen de forma constante en tus pinturas. ¿A qué se debe esta fijación por el líquido elemento? El agua me encanta. Primero, porque venimos del agua (líquido amniótico) y, segundo, porque tiene unas posibilidades increíbles como pintor, por las olas, las curvas…

¿Qué han aportado tus viajes y tus estancias en lugares como Fuerteventura, Roma, Nueva York y Japón a una trayectoria como la tuya? Me considero un gran viajero, pero cada día que pasa me hago más Robinson Crusoe. Me gusta mucho la soledad, pasear por una playa desierta o irme al campo y mucho menos las ciudades. Tengo la sensación de que, salvando las diferencias, todas son lo mismo. Y eso me aburre.

¿Qué ha cambiado del primer al último cuadro de El Hortelano?Ahora soy más sabio pintando y mis cuadros están menos llenos de cosas, son más simples y, al mismo tiempo, más trabajados. Eso es algo que se aprende con el tiempo. Ahora, además, el hombre ha dejado de ser el eje de mis pinturas y el peso recae sobre la naturaleza.

¿Podríamos concebir tu obra como un autorretrato? Claro. Yo pinto dependiendo de cómo esté y cómo me encuentre anímicamente en cada momento. Además, se puede ver cada una de mis estancias (Madrid, Nueva York, Roma…) reflejadas en mis cuadros, como si de un diario se tratara.

¿Cómo te autodefinirías? Como un humano explorador. Un viajero plástico. Pienso que, de algún modo, siempre estamos viajando.

¿Qué les dirías a aquellos que vaticinaron la muerte de la pintura? El poder de la imagen es súper potente, es lo más básico que existe en el ser humano. Por eso, la pintura nunca pasará de moda. Yo siempre digo que hago un arte unplugged, ya que utilizo oleos y telas para hacer mi trabajo. Lo de vaticinar la muerte de la pintura creo que es algo debido, más bien, a temas comerciales.

¿Te has sentido alguna vez incomprendido por el público o la crítica más especializada? No, nunca. Tengo mi público y no puedo ni quiero gustarle a todo el mundo.

¿Crees que el mundo del arte se ha mercantilizado en exceso y convertido las obras en un mero producto de compra-venta? Sí, por supuesto. Actualmente, hay obras sobrevaloradas que nada tienen que ver con el mundo del arte, sino con el blanqueo de dinero, la especulación y la publicidad.

Si menciono la palabra “coleccionista”, ¿qué es lo primero que te viene a la mente? A mí, particularmente, me encantan los coleccionistas. Es la gente a la que realmente le gusta mi trabajo y, por lo tanto, son capaces de rascarse el bolsillo y pagar por mis pinturas. Soy de los que piensa que el arte es barato y una gran inversión, es lo único que nunca baja de precio, independientemente de los condicionantes externos.

¿Consideras que el arte es capaz de cambiar el mundo o es justo al contrario? Para mí el arte es una cosa sagrada, puede cambiar la vida de la gente. Pero también el mundo cambia el arte. Es un proceso recíproco.

Si no fueras pintor, ¿qué serías? Biólogo, por supuesto. A veces todavía me lo planteo. Me encantaría estar en Doñaña o en la Albufera encargado, por ejemplo, de contar patos. Sería feliz haciendo esto, aunque intentaría combinarlo con mi trabajo como pintor.

Si pudieras volver atrás en el tiempo, ¿cambiarías algo? No, para nada. Todo lo que he vivido ha sido una auténtica maravilla. Incluso lo malo. Aprendes más del sufrimiento. No hay avance sin dolor.

¿En qué andas trabajando ahora? Acabo de estar tres años por toda Europa exponiendo mi obra, una retrospectiva (120 cuadros aproximadamente), con la Sociedad Estatal para la Acción Cultural en el Exterior (SEACEX). Recientemente, he expuesto “Madre Agua” en La Gallera de Valencia y ahora estoy metido de lleno con mi serie “Humano”, una palabra que incluye dos, “humano” y “mano”. Es todo un homenaje al origen del hombre, ya que la primera firma de artista es una mano. Eso se puede ver, por ejemplo, en las Cuevas de Altamira. Eso es lo que estoy haciendo, imprimo la huella de la mano de mis amigos en el lienzo y, a partir de ahí, sacar nuevas imágenes. De momento, llevo 85 cuadros. Yo soy un pintor lento. Me gusta pintar poco y bien.

Danos un titular para tu entrevista. Uf, se me ocurren muchos: “La pintura puede salvarte la vida”, “Pinto para acariciar al mundo”, “Pinto para dar gracias a dios”, “La pintura es el milagro de la materia”, “El arte es antioxidante”, “La naturaleza es mi mejor museo”, “Mi musa es el planeta Tierra”, “Mi pintura es una oración”, “Rezo cuando pinto”, “Pintar es volar”, “Pintar es rezar”.

¿Cuáles serían los 10 pintores de los que recomendarías ver su obra? Velázquez, Van Gogh, Chaim Soutine, Odilon Redon, Goya, El Greco, Monet, Hukusai, William Blake y Sorolla.

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Más info: www.elhortelano.es

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Domingo de Remember_García-Alix

Garcia_Alix_Oscar_L_Tejeda

Fotografía_  © Óscar L. Tejeda (2007)

ENTREVISTA A ALBERTO GARCÍA-ALIX

Realizada por la que esto suscribe en octubre de 2008

Publicada en EME (diciembre_08)

Su carrera como fotógrafo empieza en 1976, cuando coge por primera vez una cámara, casi como un juego. Pronto se convierte en una pulsión, una obsesión, de la que no puede desentenderse. Y, apenas dos décadas más tarde, en 1999, ya tiene en sus curtidas manos el Premio Nacional de Fotografía. Hablamos de uno de los fotógrafos de mayor calado del S. XX en el panorama nacional, Alberto García-Alix (León, 1956), autodidacta, con una trayectoria admirada y admirable, personalísima y con ciertas vetas de erotismo descarnado que engancha y no deja a nadie indiferente. Seducido por el blanco y negro, y por su propia vida (se considera un personaje más), las luces y sombras de su trayectoria vital se manifiestan en sus fotografías como una nítida autobiografía en imágenes que ha logrado estampar su propio sello y que, en ocasiones, se convierte en todo un puñetazo en la cara de lo políticamente correcto. Sin embargo, para Alix, es sólo espejo de su propio circo (recuerden que vivió muy de cerca la Movida) y consecuencia de una mirada cómplice, frontal y de plano corto a su entorno más cercano. Bromista e irónico nos recibe en la céntrica casa que posee en Madrid. “El sentido del humor te salva”, afirma. Porro en mano y féminas en mente (tanto sus cámaras como su moto tienen nombre de mujer), responde pacientemente a nuestras numerosas preguntas y se presta a servir de modelo para otro fotógrafo, como lo es para sí mismo en sus reveladores autorretratos. Las palabras tatuadas en sus falanges rezan “TODO” y “NADA”. Ése es Alix. Así se nos muestra.

¿Cómo empezó su relación con la fotografía?

Fue en el año 76, siendo yo muy joven. Empecé cogiendo una cámara de fotos, metiéndome en el laboratorio a revelar los negativos y haciendo pequeñas copias en papel. En principio, claro, salían churros y luego, poco a poco, empecé a encontrarlo adictivo, a publicar en Star y a editar cómics underground con Ceesepe, con quien monté la Cascorro Factory… Pero, sobre todo, hacía fotos, no como una manera de ganarme la vida, sino como una pasión. Poco a poco, me fui sintiendo fotógrafo. La fotografía reforzaba mi propia individualidad y era muy consciente de que aquel momento sólo me pertenecía a mí y a los que estábamos allí. Ese es un camino que se percibe y se va estableciendo poco a poco, luego está la perseverancia. Pero, bueno, yo no viví de la fotografía hasta mucho más tarde. En aquel entonces malvivía económicamente, pero bienvivía en general.

¿De qué vivía en aquellos tiempos?

Bueno, si te lo digo y lo escribes nos despiden a ti y a mí.

¿Qué ha cambiado en usted desde entonces? ¿Qué ha aprendido su ojo a lo largo de todos estos años de experiencia y formación?

Lo primero que ha cambiado, el pelo. Y ya sabes lo que se dice, el hombre pierde el pelo pero no el vicio. Artísticamente, me he obligado a razonar. No eres el mismo con 30 años que con 40 ó 50. Ni eres la misma persona, ni tienes los mismos intereses, aunque hay cosas que nunca cambian. Si cada vez te sientes más feliz, eres sabio; si cada vez vas más hacia abajo y te encierras en ti mismo, pues eres más tonto. Yo, con los años, he ganado y, además, ya comprendo a las mujeres y me conozco más a mí mismo. Lo que sí ha cambiado es mi mirada, hoy en día es totalmente intencionada y ha ganado en abstracción. Se va definiendo. Lo que no vale es repetirse, volver a hacer lo mismo. Tú evolucionas y evoluciona tu mirada, lo que no cambia es la pulsión.

¿Son sus fotos intencionadamente provocadoras?

Bueno, me provocan a mí. Mis fotos no son provocadoras, sólo obligan a establecer una comunicación con el retratado porque hay un cruce de miradas y eso al espectador le provoca algo, o se la pone dura o le da miedo… Así es la vida. La interpretación la hace el espectador. Pero yo no quiero provocar nada, sólo ese diálogo y una emoción. Si hubiera buscado la provocación, tendría a todos los retratados con el culo abierto. A la mayoría de la gente que retrato la conozco y la quiero. Yo sólo me limito a hacer una búsqueda en ellos. Desde luego, no es un mundo marginal. ¿Qué es eso? Que se lo pregunten a los políticos, que son cuatro. Ellos sí son marginales.

¿Es usted de los que piensa que el público debe completar el significado de lo que ve?

No. El significado de la fotografía está dentro de la imagen. Lo que puede ser el espectador es la última parte del eslabón de esa cadena. Se ponen delante de una imagen y tiene que plantearse qué les da, qué percibe de ella, qué le provoca. De lo que me arrepiento es de no haber utilizado la provocación en mis fotografías, porque la provocación es lo primero en el camino hacia la revolución. En los años 70 y 80 sí había revolución, la juventud decidía los valores; la agitación, la trasgresión, estar contra el sistema, todos ellos eran valores. Ahora lo único que nos queda es lo políticamente correcto y un sistema de mercado atroz.

¿Podemos hablar de una relación sana entre arte y mercado?

No, es incestuosa, pero de toda la vida. ¡Para qué engañarnos! ¿Qué es ser artista? Pues no lo sé.

¿Es su fotografía una autobiografía?

Sí, tengo un gran álbum de cromos. Todo mi trabajo tiene un tinte autobiográfico, pero yo no juego a eso conscientemente. Eso lo hacen mis ojos, luego hay otra parte que es dónde corto, qué hago, qué decido, cómo lo narro… De todos modos, la fotografía no es mi vida. Mi vida está por encima de la fotografía. Pero sí es la pócima de la eterna juventud.

Muchos le consideran el cronista de una generación, el de la Movida Madrileña. ¿Se siente identificado con ello o considera que es una etiqueta muy limitada? ¿Qué representó para usted vida la Movida Madrileña?

Para mí, sobre todo, fue la época de mi juventud y como tal fue divertida. Pero, bueno, ya casi ni me acuerdo. He hecho más cosas, aparte de retratar la Movida, y eso es lo que voy a mostrar en la exposición del Reina. Sigo moviendo el esqueleto y eso es algo infalible si se quiere ser feliz.

Yo entiendo que la fotografía es un espejo de lo que fuimos y reflejo de lo que vivimos, es inherente, lleva esa carga. Pero no me gustaría que eso fuera lo que le diera el valor, sino la originalidad de la obra, el desarrollo visual… Todo eso.

¿Podemos decir que es usted un personaje más en sus fotografías?

Sí. Pero no creas que me estoy constantemente autorretratando, a veces es sólo un ejercicio. Una cámara de fotos, un trípode y el hecho de no tener modelo puede llevarte a autorretratarte. Sólo hace falta la predisposición, es un camino de búsqueda. Pero no tengo mucho ego, si salgo en las fotos es porque me considero un personaje más.

¿Qué cambió para usted y para la proyección internacional de su trabajo haber ganado en 1999 el Premio Nacional de Fotografía?

En la vida profesional, sí supuso un cambio. Sería estúpido no admitirlo. En el momento, no; pero si miro hacia atrás, sí. Es un reconocimiento muy importante. Uno lo recibe muy tímidamente, pensando en si realmente se lo merece. Yo no soy santo de mi devoción. Hay muy buenos fotógrafos ahí afuera.

¿Le ha resultado difícil llegar profesionalmente al lugar en el que se encuentra hoy como artista?

En muchos momentos me he planteado abandonar. Tienes muchas crisis. Durante algunos años la fotografía no me daba de comer, pero con el tiempo te das cuenta de que es un largo camino que hay que recorrer. Un día haces una exposición, otro día otra y así. También es cierto que ahora la fotografía se valora más, se hacen catálogos, me estás haciendo una entrevista… Yo soy un privilegiado, puedo vivir de lo que me gusta. Nunca pensé en que podría vivir de ser fotógrafo.

Durante un tiempo, allá por el 2003, la Hepatitis C le sume en una etapa gris y se resguarda en París para su tratamiento. ¿Qué le salvó anímicamente, qué le ayudó a seguir adelante?

El sentido del humor te salva muchas veces. Pero, bueno, yo creo que estaba ya salvado. Aunque, a veces, uno no lo quiere ver y nos torturamos nosotros mismos. El interferón fue el apoyo a mi etapa gris. Incluso, algunas veces, me río. Pero si lo pienso bien, puedo decir que sólo he pasado alguna noche regular…. Si te soy franco, lo que intento es lo que intentamos todos, estar en paz conmigo mismo y ser feliz, la redención.

¿Qué le aporta, personal y profesionalmente, París frente a Madrid?

Ahora mismo, casi nada. Tengo en París mi galería, trabajo mucho allí, tengo amigos y voy constantemente. Estoy un poco a caballo entre las dos ciudades. La etapa de vivir en París, de momento, se acabó y ahora resido en Madrid, una ciudad más humana. Pero hay sitios mejores que París. Allí tienes todo el día el culo mojado de ir en moto y, además, tiene una carga de soledad muy grande.

¿La cámara le acompaña siempre, es su infatigable compañera de viaje o su particular psicoanalista?

La cámara viene conmigo cada vez que puedo y la prostituyo. De momento, no he probado el digital. En mi casa tengo un laboratorio, revelo mis negativos, tengo plancha de contactos y a no ser que quiera hacer un experimento, lo mando a Alemania para que lo haga Kira Enss (genio y figura hasta la sepultura).

¿Por qué no ha trabajado, hasta ahora, con cámaras digitales?

Simplemente no lo he probado. Eso es todo. De todos modos, me gusta mucho la materia, el papel de plata y encuentro que, ahora, es mi camino de búsqueda. Mañana puedo probar el digital y gustarme, pero de momento me puedo permitir hacerlo a mi manera. Claro, si tuviera que trabajar en prensa o empezar ahora sería imposible seguir trabajando con analógica. Para mí todo lo que sirva para crear me parece bien, sea digital o analógico, incluso el dedo.

¿Está enganchado al blanco y negro?

Aprendí a trabajar en blanco y negro y me atrapó. Para lo que yo quiero es más poético, pero no descarto trabajar el día de mañana en color. De hecho, cuando empecé hacía diapositivas en color. Pero si hiciera color tendría que ser otro Alberto, empezar otro camino.

¿Qué hay detrás de sus narrativos pies de foto? ¿Por qué tienen un papel tan destacado en su trabajo?

Son importantes para mí desde que empecé a hacer fotos. Aunque no se los pongo a todas. Cuando son retratos siempre necesito el nombre de la persona, pero otros pies de fotos son más narrativos. Escribo poco, me cuesta muchísimo ponerme a escribir, aunque me gusta. En La Fábrica han recopilado todos mis textos, desde los primeros hasta ahora, y van a editarlos. Pero no soy escritor, soy fotógrafo.

Después de tres décadas como fotógrafo, ¿es consciente de haber creado escuela?

No, no soy consciente de eso. No lo he pensado en mi vida, aunque es muy halagador.

¿Le pesa la cámara? Es decir, ¿le agobia la presión de no repetirse, de no resultar cansino?

Esa presión no la tengo. El único que me juzga soy yo mismo y quien se impone esa presión de búsqueda con la cámara. Me digo: “eso lo he visto ya”. Me pregunto: “¿Qué quiero realmente?”. La presión de lo que piensen los demás, no, porque me da igual.

¿Qué aspecto es más importante a la hora de hacer una fotografía, el cómo, cuándo o dónde mirar?

Cada foto nace de una manera distinta. En general, siempre me pongo frente a lo que quiero fotografiar y, casi siempre, en espacios cortos. Si veo que la foto está muy preparada, en el sentido de resultar muy rococó, me molesta. Me gusta todo muy despojado.

¿Hay momentos mágicos en el trabajo de un fotógrafo?

Claro que existen. Los momentos mágicos son de una pulsión insultante. A veces, estoy en trance. La analógica frente a la digital te obliga a pararte un tiempo y pensar en qué estás viendo.

A la hora de fotografiar “en frío” (sin que sea una sesión preparada o un idea preconcebida), ¿qué es más importante, la técnica, el ojo o una conjunción entre ambas?

El buen ojo se educa, nace como una pulsión, de un deseo de mirar, de un deseo de encontrar. Hay una perversión detrás. Luego el ojo va descubriendo, a medida que fotografía, su propia pulsión.

¿Cuáles son sus fuentes de inspiración? La calle, la literatura, el cine, el trabajo de otros fotógrafos…

A mi me inspira el momento que estoy viendo y viviendo. De la literatura paso, no me motiva. Ya no leo tanto como antes. Una pena. Son referencias intelectuales, pero no me motivan. El trabajo de otros fotógrafos tampoco me inspira, me gusta.

Tiene una piel marcada, llena de arte. ¿Sabe cuántos tatuajes tiene? ¿Qué significan para usted?

Buf, no sé cuántos tatuajes tengo. Muchos y por todas partes. Reflejan que he tenido mucho tiempo y mucha vida. Es biografía porque tiene implícito el momento en que se hizo cada tatuaje y qué significó, pero los significados cambian. Cuantos más tatuajes te haces, más intención les pones a lo que dicen de ti. Son ilustraciones, por lo tanto, soy un hombre ilustrado.

Sabemos que, además, es un gran fan de las motos, ¿qué le aportan? ¿Es de los que acude a concentraciones?

La moto y yo nos comprendemos, me hace feliz. Sin la moto la vida se me haría cuesta arriba. Viajo mucho en moto, sólo o con algún amigo. Hay que ver cuánto me aguanta el cuerpo para poder seguir haciéndolo. Pero cada vez acudo menos a concentraciones, ya no tengo tanto tiempo.

Haciendo uso del título de su próxima exposición en el Reina Sofía (5 de noviembre de 2008 – 16 de febrero de 2009), le preguntamos, ¿cuál es el lugar “De Donde No se Vuelve”?

¿De dónde crees tú? Desde luego, no me refiero a la muerte. Eso sería muy obvio. Estoy hablando de la fotografía, incluso de nosotros mismos, de nuestro pasado, como un lugar del que no se vuelve. Yo fotografío el pasado. Es un juego y una licencia poética. La fotografía es un espacio en el que una vez estás en el papel, estás congelado y atrapado. No puedes volver a ese momento de tu vida.

¿Qué quiere contar en esta exposición? ¿Qué cuenta la pieza audiovisual que articula dicha exposición?

Es una exposición que, en origen, era una retrospectiva al uso y el reto estaba en construir una narración que, transitando por el pasado y el presente, contara esa historia, ese lugar del que no se vuelve. He creado un desarrollo de cómo ha sido mi mirada y cómo mira hacia delante. Es toda mi vida lo que se muestra. Todo ello viene articulado por una narración visual, un vídeo, que da título a esta exposición, “De Donde No se Vuelve” y unas fotografías.

¿Se acercará más al vídeo a partir de ahora?

Me acercaré a las rubias, a las morenas… Yo me acercaré a donde yo quiera hasta decir basta. No, en serio, es una forma de expresión más. A lo mejor no lo vuelvo a utilizar. No lo sé. En cada momento de mi vida he tenido mi manera de intentar expresarme. Por ejemplo, haciendo la revista “El canto de la tripulación”, hasta bailando me expreso.

Ya que hablamos de “El canto de la tripulación”, ¿con qué intención nace dicha revista?

Bueno, surge de un cúmulo de circunstancias. Hay pasión, agitación, latidos libertarios… De todo, incluso revancha. La revista está imbuida de las ideas de la época, de dónde veníamos, del contexto. Teníamos tiempo para dar y tomar. Hoy en día no sería posible hacerla. Se pueden hacer cosas mejores o peores, pero en aquel entonces yo era otro Alberto.

También estuvo trabajando en la mítica revista “Star”. Cuéntenos, ¿cómo fue su experiencia?

Joder, fue la primera revista a la que vendí una foto. Incluso recuerdo haber encontrado recientemente un recibo de 50 pesetas por el pago de una de mis fotografías. Para mí “Star” representa mis primeros trabajos. Éramos todos muy jóvenes, haciendo algo underground… Estábamos orgullosos de ello, aunque nos pagaran poco.

Haga una valoración final. ¿Considera que la vida le ha tratado bien?

Sí. Todos nosotros hemos sido bien tratados. Hemos nacido aquí y no en un país en guerra o bajo el yugo de la hambruna.

Los 10 amigos que han marcado su vida son…

Me parece injusto dar nombres y dejar a gente fuera. Es una pregunta tan inmoral como la de “¿A quién quieres más, a papá o a mamá?” ¿Puedo darte iniciales? J, F, T, W, A, M, N, J, H, Q.