Criticar por criticar o no_Tichý_Diógenes hecho fotógrafo


Podríamos decir que Miroslav Tichý (Moravia,1926) es Diógenes hecho fotógrafo, un filósofo cínico viviendo dentro de un tonel y haciendo de su indigencia virtud, como afirmaba Fietta Jarque en El País; pero también un fotógrafo viviendo durante tres décadas dentro de un tUnel, el de las prisiones y los psiquiátricos, añadiría yo, haciendo del comunismo su peor enemigo.

Como apuntaba Jarque, Tichý “no es un idiot savant, ni el suyo es un arte de enajenados como el art brut. Sólo es capaz de crear en estados de lucidez y sabe lo que hace al pisotear las fotos o dejarlas expuestas al mal tiempo, para recuperarlas después y enmarcarlas a su manera”. (ver una muestra de su trabajo).

Lo más curioso de todo ello, de su actividad, independientemente de su apariencia inclinada hacia la mendicidad, de sus obsesión por las mujeres, de su absorvente pueblo Kyjov, es el hecho de que Tichý construye sus propias cámaras con material de desecho, convirtiendo así el reciclaje en marca de la casa. “Las imperfecciones forman parte de cada foto. Son su poesía y lo que le otorga cualidades pictóricas. Para eso necesitas una mala cámara”, opina.

Les dejo un documental (30 min. aprox.), Tarzán jubilado (Roman Buxbaum, 2004), donde el propio artista explica cómo fabrica sus propias cámaras. Curioso es un concepto que se queda pequeño. No sólo es reflejo de un devenir anticapitalista, sino de un profundo respeto por lo que le rodea.

Y es que en estos tiempos de nuevas tecnologías, de gadgets y herramientas digitales por doquier, un artesano de la imagen ha encontrado su lugar. Como apuntaba al hablar de Using Formats To Tell Stories, muchas veces, para tener éxito es necesario alejarse de los caminos trillados y establecer un camino alternativo. Así parece haberlo pensado también otro fotógrafo, esta vez español, José Ramón Bas (Madrid, 1964), quien no sé porqué (tal vez por el resultado) me recuerda mucho al trabajo del checo. Si quieres saber más, lee la entrevista que le hizo La Fábrica (PHE)a Bas.

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Para aquellos que tengan la suerte de estar estos días por Nueva York (hubo quienes ya la tuvieron y disfrutaron de su trabajo en Ivorypress, Madrid, el año pasado), comentarles que pueden ver la expo dedicada a Tichý, uno de los ermitaños con mayor encanto dentro del mundo de la fotografía, en el International Center of Photography. Hasta el 9 de mayo.

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MÁS INFO

Robinson Crusoe, Antonio Muñoz Molina

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Criticar por criticar o no_El Estafador

El Estafador nos lanza una rotunda aseveración: “ Si consigues hacer aflorar el miedo en la cabeza de la gente, la estafa entra con vaselina: ligera y contundente”.

Para quien todavía no lo conozca, decirles que El Estafador es una suerte de blogcómic de periodicidad semanal (cada miércoles) donde tienen cabida autores como Juanjo Sáez, Javirroyo, Liniers, Pepo Pérez, Tute, Martirena, Mireia Pérez, Troche, Susipop y Joaquín Reyes, sí el de Muchachada Nui.

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Dicho lo cual les dejo la pieza del Estafador invitado, Albert Monteys, para el último número, el 25, en torno al MIEDO. Nada tiene que ver más con la actualidad política que vivimos en España.

Domingo de Remember_Antonio Muñoz Molina

ENTREVISTA A ANTONIO MUÑOZ MOLINA

La ocasión la pintan calva y si no de colores. A continuación les dejo una entrevista o, mejor dicho, las declaraciones (recuerden al leerla que son declaraciones, insisto) que el propio escritor y académico de la RAE realizó para la sección “En esto creo” de la revista Esquire para la que colaboro de vez en cuando.

¿Por qué hablo de la “calva”? Pues porque esta sección, Domingo de Remember, está dedicada al pasado más reciente, a recuperar entrevistas que la que esto suscribe ha realizado como periodista para diferentes medios y justo esta misma semana se ha presentado la última novela de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), La noche de los tiempos (Seix Barral, 2009), al cual tuve el placer de entrevistar en su casa de Madrid recién inaugurado el 2008. Todo un lujo. De su nuevo trabajo, no puedo decirles nada, no he tenido la oportunidad de leerlo todavía. Si alguien lo ha hecho, tiene vía libre para sus comentarios.

Hasta ahora, “contamos ya con un repertorio de libros en los que el autor jiennense hace convivir la observación, la invención, el examen, la parodia, la cita, la ternura, la memoria, la experiencia, la conjetura”, tal y como afirma Ojos de papel en palabras de Justo Serna; una afirmación con la que coincido plenamente.

 

Lo dicho, les dejo su entrevista-declaraciones:

Realizada el 18 de enero de 2008
Publicada en la revista ESQUIRE en mayo de 2008

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Siendo adolescente, me imaginaba escritor, corresponsal de prensa, batería en un grupo de música… Me he imaginado muchas cosas.

Con las novelas de Julio Verne pasé de admirar a los personajes de las novelas a admirar a las personas que las escribían. Eso me hizo pensar en ser escritor.

La literatura tiene una parte de oficio, de profesión, pero también tiene una parte azarosa de inspiración y ocurrencia. Sólo eres escritor mientras estás escribiendo.

En la fase preparatoria de un libro me viene bien anotar cosas o hacer “excursiones de pesca” (como dicen los científicos), que es lo puesto a realizar un experimento calculado. En literatura las “excursiones de pesca” tienen su importancia, ya que de ahí surgen las ideas.

En España tomo anotaciones en mi casa, pero en Nueva York lo hago en los cafés. De hecho, “Ventanas de Manhattan” está escrito, en gran parte, en las cafeterías y bares de la ciudad.

Viví el 11-S de una manera muy rara. No lo entendía, vivía la vida como en fragmentos y no tenía una visión global de lo que estaba ocurriendo. La impresión, esa mañana, era de una normalidad muy extraña.

Me interesa contar la vida y contármela a mí, contarle a los demás cosas que se me ocurren y, al contarlo, hacerlo comprensible para mí también. En este sentido, no hago distinción entre artículos, literatura o ensayos, aunque son géneros distintos y tienen un proceso de creación distinto.

No puedo escribir una novela por encargo, pero sí un artículo. En ese aspecto, para mí, son distintos, pero en todo lo demás son iguales.

Las frustraciones llegan cuando la novela no sale. Igual hay mucho papel, no sólo en blanco sino escrito, que no va a ninguna parte.

Hay dos tipos de frustraciones: una, la frustración de empezar algo y fracasar; otra, es la de escribir un libro, que pase el tiempo y pensar en él con cierto resquemor ya que piensas que podría haber sido mucho mejor de lo que fue.

Las ambiciones humanas siempre son superiores a los logros.

Hay que tener paciencia para darle al libro su tiempo, ni un minuto más. Es como la cocina, si haces un guiso demasiado rápido te sale mal y si lo haces demasiado lento también.

Mágina (la ciudad imaginaria y lugar común de muchas de las novelas de Muñoz Molina) representa una miniatura del mundo. Siempre me la imagino como una maqueta de una ciudad, tanto en el espacio como en el tiempo, con personajes, con lugares, con una Historia ya escrita y a la que puedo añadir otras historias.

Mágina es un sitio que tengo en la cabeza, una ciudad inventada que es mía. Para el lector que ha seguido mi trabajo y leído otros libros míos, representa volver a un sitio que ya conoce y, por lo tanto, supone una situación placentera.

Toda literatura, si tiene algo de autenticidad, es autobiográfica porque retrata tu propia vida. Yo uso ese material de manera explícita.

Muchos de mis libros recogen mis experiencias personales, lo que no quiere decir que las novelas sean una trascripción de mi vida, sino que mi vida me ha servido como material para crearlas.

Hubo una época en la que me interesaban la novela policíaca y el cine negro, sobre todo, como formas estéticas. Pero esa fase de mi trabajo quedó atrás.

La memoria (palabra tan mal vista y manoseada hoy en día) es importante en una parte de mi trabajo, ya que tiene mucho que ver con la experiencia de la Historia contemporánea de España vista a través de un prisma fuertemente autobiográfico.

La literatura siempre tiene esa dimensión de vía de escape para la gente, ya que la imaginación es una fuerza muy poderosa en la condición humana.

Siempre puede haber más lectores, pero no me gusta ser catastrofista. En España hay una inquietud lectora mayor que en otros sitios. En el metro de Madrid veo siempre gente leyendo libros y muchos de ellos son buenos. En cambio, en el metro de Nueva York ocurre todo lo contrario.

Que en nuestro país tenga éxito un libro como “Vida y destino” de Vasili Grossman, por ejemplo, indica que no hay tantos motivos para ponerse apocalíptico. Hace falta, evidentemente, un sistema educativo mucho mejor, mejores bibliotecas públicas, mejores escuelas… Pero en España hay un público lector que hay que cuidar y que está ahí.

Los premios son cosas de las que no puedes hablar en general. A veces, son muy útiles; otras, pueden alagarte la vanidad, aunque no sean útiles; otras veces, te pueden perjudicar; otras, no sirven de nada, salvo para que se premie quien te lo ha concedido…

Cuando “El invierno en Lisboa” recibió el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura yo estaba empezando a ser leído. Los premios influyeron en que pasara de tener pocos lectores a tener muchos.

A los escritores, cuando se hacen mayores, les dan premios porque ya han recibido otros antes. Es como una inercia, si te dan el Premio Nacional de las Letras es que antes te han dado el Cervantes. Es un “ya te va tocando” que me parece insoportable y no me gustaría que me pasara.

Un premio nunca significa nada en relación al valor verdadero de la literatura de un escritor determinado. Puede haber gente muy válida que no ha recibido premios y a la inversa. Es como ser académico: serlo no te hace mejor escritor.

Cuando me propusieron ser Académico fue una sorpresa, ya que jamás se me había pasado por la cabeza. Entre otras cosas, porque era bastante joven allá por el 95.

Ser académico me dio la oportunidad de conocer a personas de las que aprendí mucho y que para mí fueron muy queridas como Fernando Lázaro Carreter, Pedro Laín Entrialgo, Claudio Rodríguez, Claudio Guillén, Rafael Lapesa… Gente de una categoría intelectual y moral extraordinaria.

Dirigir el Instituto Cervantes de Nueva York ha significado para mí hacer un servicio público, aunque también ha sido una experiencia agotadora (por eso duró tan poco) de la que me siento muy honrado.

La vida que llevo en España es exactamente igual a la que llevo en Estados Unidos. Al ser un escritor, trabajo en casa y por mi cuenta, por lo que no cambia mucho estar en un país u otro.

Viviendo en Nueva York no corres el riesgo de sentirte instalado en la vida. En parte, porque eres un extranjero; pero también porque en ese país, publicando libros, eres un principiante. Esa falta de seguridad, te rejuvenece, te mantiene despierto.

Tengo una idea de la política y de la vida pública muy republicana, en el sentido menos accidental del término. Es decir, no tiene que ver con la forma del Estado, sino con el compromiso y la responsabilidad personal del ciudadano y la gestión de los asuntos públicos. Tiene que ver con el trabajo honrado, la dignidad personal y el hecho de contribuir al bien común.

Yo soy un lector muy veleidoso. Me gusta leer libros de muchos tipos. Ahora mismo estoy con “Atonement” de Ian McEwan, de la que ya he visto la adaptación cinematográfica. Me gusta mucho leer sobre Historia, música, evolución científica…

A lo largo de mi trayectoria como escritor he olvidado alguna injuria, otras no. Tampoco he olvidado a las personas que, en momentos clave de mi vida, tuvieron una importancia decisiva con su generosidad y su ayuda para que publicara un libro o escribiera en un periódico y fuera haciéndome escritor

Que 20 años (o treinta y tantos) no son nada

Si quieren ver y saber cómo hemos llegado hasta aquí, lo que hemos visto, vivido (no sólo a través de la pantalla del televisor); incluso, volver a sentir lo que sentimos antaño y revivir otros tiempos, no duden en hacer click en el siguiente vídeo (mandado por mi amiga Rosa la sevillana hace apenas unos minutos). Una sonrisa ha esbozado mi cara. Eso significa mucho.

Por cierto, amigos, anoche estuve en el pre-estreno de Sweeny Todd, el último trabajo de Tim Burton. Sangrienta, expresionista y sorprendente. También con toques de humor que hacían saltar las carcajadas de un público entregado de antemano.

Lo más patético, sin duda, fue ver a lo “más granado” de nuestro famoseo (La Chunga y personajes similares que, por supuesto, no tenían ni puta idea de qué coño iban a ver o quién coño era ese señor con gafas y pelo escarolado; ni les importaba. Lo único que buscaban, sin duda, era el destello de miles de cámaras sin criterio). Insisto, de verdad, ¿no se invitó a intelectuales, políticos, culturetas o personajes de la cultura al estreno? Tal vez, no son suficientemente conocidos por un público y unos medios abocados a la mediocridad que conocen y reconocen más al último actor “revelación” de la serie “Herederos” que a Muñoz Molina o, bajemos un poco el listón (pero con dignidad), a Paul Naschy?

Aquí les dejo un fotograma de su corto Vincent. El propio Tim Burton quedó impactado, que no epatado (sólo tienen que mirar su cara y sus ojos en esta bonita imagen), por nuestro nivelón de famoseo (aunque se salven Alaska, que no su trepa-marido de pega, Álex de la Iglesia y Pedro Almodóvar). Más cultura y menos vivir del cuento, señores, aunque si el cuento es del Sr. Burton se lo perdonamos.