Criticar por criticar o no

La envidia es un arma blanca (nunca mejor dicho), pero arma al fin y al cabo. De ella nace la inefable ansia de crítica destructiva que ronda por los alrededores y, no podemos negarlo, dentro de uno mismo. A veces, es mera crítica friki y facilita un tiempo de chufla de lo más divertido con los amigos (criticando a los que no están, por supuesto); otras, criticando a los otros (los que no son nuestros amigos más íntimos); las más, desmenuzando al resto (a los que ni siquiera conocemos).

Tampoco podemos negar que la crítica es multidisciplinar (qué moderna ella!!!), pues hace que nos creamos capaces de esbozar opiniones e incluso teorías sobre las más variadas temáticas, desde cine a música, pasando por teatro o arte (cómo olvidar la lucha de egos en ARCO). Tanta lucha de egos que un tropezón ha provocado la ruptura de una obra de arte de Francesco Gennari en la “súpermega” feria de arte. Según comenta Público (permítanme la licencia), “una de las mujeres (apartadas por los de seguridad del séquito real) no miró hacia atrás y pisó por accidente un cristal negro situado frente al espacio de la galería alemana Rüdiger Schöttle, a diez centímetros del suelo. El cristal se quebró. Sólo que el cristal era una obra de arte firmada por el artista italiano Francesco Gennari valorada en 18.000 euros”. Pa’ fliparlo! El seguro de IFEMA no cubre el despropósito, imaginamos que el de la galería sí.

Bueno, guay, pero hablábamos sobre la envidia… Huy, perdonen, me he puesto a criticar y se me ha ido la pinza. En fin, resumiendo (al menos, por hoy): ser objeto de envidia no es malo en sí mismo, salvo cuando se sufren las consecuencias más negativas e injustas de la misma (la crítica destructiva, el pisotón, el “poner la pierna encima”, la zancadilla…). Por no hablar de cuando una misma es la que envidia (palabra fea donde las haya) y es que yo prefiero la admiración a la envidia, señores.

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