Armand Gatti, la revolución de las palabras / Domingo de remember

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Entrevista realizada por la que esto subscribe el 14 de abril de 2010, para la revista El Duende.

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Fidel Castro le otorgó, allá por los 60, el sobrenombre de “El otro Cristóbal”, como aquel “otro” que conquistó América -el mundo, diría yo-, sin armas, con palabras. No en vano, es un celebrado poeta, dramaturgo y cineasta cuya obra entera podría calificarse como una invocación a la resistencia. El ya octogenario Gatti (Mónaco, 1924) sigue conquistando, y no sólo por su verbo. Acudimos a su encuentro con la excusa de la presentación de su Antología poética (Ed. Demipage) en España y se nos muestra como un bebé con su sonajero. Un sonajero que, por momentos, toma la forma de Historia, su historia; por minutos, se transforma en canciones de viva voz que recupera de sus trabajos fílmicos y, por segundos, en puro juego de seducción hacia la periodista. No hay barreras para su genio.

¿Qué le inspira? En realidad la inspiración surge de los encuentros personales, de los movimientos, de los desplazamientos… El objetivo final es andar. Pero también me han inspirado la pobreza de mis orígenes -mi madre era empleada del hogar y mi padre barrendero- y la lucha constante por conseguir una vida mejor.

Usted conoció, siendo reportero, a Che Guevara, Fidel Castro y Mao Zedong. ¿Cómo le sirvió a la hora de crear? Mi obra ha sido mucho más influida por Mao Zedong. Sobre todo, por la relación que creó entre el chino, entendido como lenguaje, y el teatro cuántico, que es a lo que me estoy dedicando últimamente. Mi relación con Mao fue esencialmente poética, es decir, Mao escribía y yo intentaba transmitir eso al público europeo. En cuanto a mi relación con el Che o Castro sólo puedo comentar que fui invitado, a principios de los ‘60, por el incipiente gobierno castrista a rodar allí, como muchos otros artistas afines al régimen que eran invitados a contar la Historia -en realidad, era participar de alguna manera en la promoción del régimen-. Para mí significó rodar una película, El otro Cristóbal, y ganar simbólicamente, a través de una cámara, la guerra que se había perdido años atrás en España. En ella intervino el pueblo, de extras y actores principales, ellos pusieron todos los medios. Fue muy artesanal, un rodaje muy surrealista. Sigue leyendo

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